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Soy una tuitera analógica

Estoy en el ranking de los 50 tuiteros más antiguos de España. Y, la verdad, un poco viejuna sí que me siento. No precisamente por las obsolescencia de las aplicaciones y redes sociales que gestiono a diario desde la pantalla de mi smartphone, sino por lo que guardo en mi cuarto de baño. O, más bien, por lo que no guardo. Confieso que el único aparato eléctrico que está en funcionamiento (aparte de la siempre anacrónica radio, que escucho cada mañana como prueba irrefutable de mi ancianidad) es el secador air de ghd.

Una foto actual de los tuiteros españoles de toda la vida. Entre ellos me incluyo.

Soy absolutamente incapaz de declararle fidelidad a ningún producto cosmético que haya que recargar o enchufar. Ni Sherlock Holmes podría encontrar (en los múltiples cajones en que almaceno artilugios de lo más peregrino) cepillos de limpieza, limas, rizadores o depiladoras. He acabado por declarar mi baño zona libre de baterías. Sencillamente no hay espacio para ellas.

No será por no haber intentado incluirlas en mi rutina. Con el cepillo eléctrico de dientes (quizá el gadget más democratizado de los cuartos de baño) el romance me duró unos tres años. Más tiempo que muchos novios. Sin embargo lo dejé olvidado en un hotel de Queenstown, en Nueva Zelanda, y ahí se quedó. Sé que limpian peor, pero entre mis fetiches higiénicos (¿esto existe?) están los cepillos de dureza media de PHB. Los de toda la vida. Me gusta, además, que tengan el asidero en un color sólido, no transparente con silicona. Vamos, una tortura digna de mi condición de hija única que me obliga a recorrer varias farmacias antes de reemplazar (cada dos meses, sin falta) el cepillo. Lo único que le falta a esta estampa costumbrista es que, como en Solo en casa, le pregunte a la farmacéutica si está aprobado por la asociación de odontólogos. Esa soy yo haciéndome la vida analógicamente sencilla.

Luego están los aparatos de limpieza faciales. He usado esporádicamente los de Clarisonic y, aunque es cierto que se siente instantáneamente la limpieza en el rostro, requieren de una constancia para la que parezco no estar capacitada. Igual es que tengo déficit de atención y nunca me lo han diagnosticado. En mi (tampoco diagnosticada) inmensa generosidad siempre he acabado regalando los aparatos para que, al menos, tuvieran una segunda y fructífera vida. Incluido el específico para pedicura que me juré y perjuré que emplearía cada semana. Ajá. Menos mal que no tiré el pulidor de The Body Shop que me hace el apaño de pascuas a ramos. Me sirve, precisamente, porque no hay que cargarlo.

https://daveandhiscriticisms.files.wordpress.com/2013/10/42-leg-shaving.gif?w=545&h=291

Y termino con la depilación. Mi Silk-épil, tan antigua que podría datarse con Carbono 14, acumuló polvo durante años. Las piernas de yours truly pasaron, sin anestesia o marcha atrás, de la cuchilla de afeitar al láser de Hedonai. Si en Showgirls funciona, por qué en mi casa no.

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