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Así se hace una producción de belleza

BELLEZAMARZOLa sección de belleza de nuestra edición impresa se abre cada mes con un reportaje editorial en el que se resumen las últimas tendencias en piel, maquillaje o cabello. Son alrededor de seis fotografías que se realizan en una jornada laboral. Su preparación, sin embargo, puede requerir meses. Créanme, no es fácil convencer a Peter Philips, director creativo de imagen y maquillaje de Dior, para que haga un hueco en su apretada agenda, saque brocha y pincel y entregue seis looks solo para ti.

El pasado diciembre llamamos a la puerta de M·A·C Cosmetics porque queríamos que el fantástico Baltasar G. Pinel (todos los elogios son pocos para su talento profesional y magnetismo personal), uno de sus ocho directores creativos globales, interpretara para nosotros las tendencias de esta primavera. Una vez bloqueado el día en su trepidante agenda (en serio, no se imaginan lo que viaja este chico), comenzamos a trabajar la idea creativa: en la revista buscábamos, reitero, una visión experta de las tendencias de maquillaje; él nos propuso un panel de inspiración con tintes historicistas y plagado de gorgueras. A partir de ahí comenzamos a aunar posiciones conscientes de que el día del shooting todo podía cambiar con la influencia del fotógrafo, la estilista, el rostro al natural de la modelo, la peluquera…

Y vaya si cambió. La luz oscurantista acabó siendo de un precioso y sutil ocre, y el cuello infinito de Olga Sherer incitaba a cambiar las gorgueras por unos increíbles joyones que realzaban el maquillaje y los efectos perlados de la piel con que Pinel constataba que el nácar se ha impregnado en todas las áreas de la cosmética. Las tendencias de primavera, ¿saben qué?, acabaron por convertirse en una oda al colorete de una manera tan orgánica que no nos dimos cuenta hasta que tuvimos la selección de imágenes. Éste es el resultado final.

Una vez Laura Ponte me hablaba de cómo los días de sesiones de fotos se formaban nuevas, extrañas y efímeras familias. Y añadía lo chulo que sería poder extrapolar esa experiencia a otros ámbitos de la vida sin que pareciese una locura. Su impresión es muy cierta. Imagínese pasar un día completo recluido en una sala con una decena de personas. Yo lo he vivido y les prometo (no exagero) que al final de la jornada puede saber incluso el tipo de pienso que toma el perro del asistente del asistente del asistente.

MAC1Baltasar G. Pinel retocando (con cantidades sobrehumanas de bronceador) el rostro de Olga Sherer entre foto y foto. Así echamos el día.

Es como un Gran Hermano en chiquitito y organizado. Primero va el maquillaje, luego la peluquería, luego la manicura (el orden de estos tres factores no suele alterar el producto), se elige el estilismo (ahí sí que interviene hasta guisante número tres para dar la opinión) y se hace la foto. Mientras, el resto de profesionales suele agolparse frente a la pantalla del operador digital para ver cómo van cayendo las instantáneas y hacer sugerencias o corregir algo de su trabajo. A veces se van a fumar. O a almorzar. Otras están, paleta de sombras en mano, esperando cualquier receso para corregir imperfecciones. El proceso se repite tantas veces como número de imágenes se hayan programado. Aviso para navegantes: siempre se demora más en la primera, por eso de que hay que calentar y unificar motores.

Resulta inspirador y refrescante participar en una sesión fotografía como la que entregamos este mes de marzo en las páginas de Harper’s Bazaar, realizada en Madrid el pasado 8 de enero. Una de las mayores lecciones que uno se lleva de estos shootings es que, a veces, el éxito consiste en dejar la sesión fluir para que todos los talentos tengan su propia voz.

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¿Me han dado un buen masaje?

PhoebeFriends

Una vez convertida en una hoarder de experiencias cosméticas, hay preguntas que se suceden de manera sospechosamente recurrente. La de la hidratante antiedad es, quizá, la más popular. Pero, de vez en cuando, alguna despistada me pide consejo sobre centros en los que darse un buen masaje. Pero, ¿qué demonios es un buen masaje? He aquí siete requisitos que, en mi opinión de hoarder, permiten a cualquier ritual facial o corporal pasar a calificarse como cinco estrellas gran lujo. Y no, no tienen que ver con el precio.

Las manillas del reloj desaparecen. Recuerdo un tratamiento de 90 minutos en el spa de La Mer en Nueva York que pedí si se podía sintetizar en 60 (porque tenía una agenda plagada de citas aquel día). Afortunadamente no fue posible. Envié los emails necesarios para retrasar los encuentros posteriores, y me dejé llevar. Os juro que durante el tratamiento mi cerebro solo registró el paso de cinco minutos. De puro placer, eso sí.

El silencio de los corderos. Puede parecer una tontería, pero el cómo te sientes después de un tratamiento estético puede verse influenciado por lo mucho o poco que cotorree la terapista durante el mismo. Lo ideal es que la interacción verbal se produzca antes o después. Nunca durante.

Siguen un nuevo camino para llegar al mismo destino. Valgan como ejemplos el masaje drenante de Slow Life House (que se realiza en un tanque de flotación y es igual de efectivo que los tradicionales en camilla) y el ritual de cañas de bambú de Samaya Moments en el que la reafirmación corporal se realiza con el alimento básico de los osos panda.

Cuestión de hidratación. Uno de los peros más comunes que encuentro a muchos tratamientos es que, después de recibirlos, siento la necesidad de darme una ducha porque me noto sobrenutrida. Que no os engañen: no es necesario salir resbalando. Me viene a la mente la higiene de Cristina Galmiche como ejemplo perfecto de cómo se puede terminar una limpieza con un rostro fresco, lozano y seborregulado.rachelfriends

La narcolepsia es una opción. Uno de los momentos más ridículos de mi vida fue cuando me quedé traspuesta en un facial exprés del Essenza by Sha de la T4-S. Me despertó mi propio ronquido. No era la primera vez que me pasaba, pero jamás me había ocurrido en un tratamiento cuya duración no excedía los quince minutos.

La vida es diferente. Si al salir a la calle tan solo te faltan los pajaritos que te coloquen la bata como en las películas de Disney… es que has encontrado tu lugar en el mundo. Llévate una tarjeta de visita y llama cada vez que necesites un chute de dibujos animados.

Ding Dong, el masaje llama. Vienen a casa, montan la camilla, preparan unas velitas… y a disfrutar. Nada más que añadir, su señoría.

 

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De dónde vienen (y a dónde van) las horquillas

HairpinGetty

Las horquillas, como las goma del pelo, son el típico accesorio capilar que se compra a granel. Sin embargo, en un momento de necesidad, tan solo encontrarás un mísero par en el neceser. ¿Dónde se esconden las 998 restantes? Pregúntaselo a Murphy. Eso sí que es un reto digno de Cuarto Milenio y no las psicofonías del palacio de Linares.

Yo, que tengo la melena corta, aún me acuerdo de cómo invertía hasta media hora buscándolas por todo el baño hasta que encontraba una… ¡para rubias! En mi casa jamás hubo una mujer rubia, ¿cómo había llegado ahí? Hay misteriosos asesinatos en las novelas de Agatha Christie que han tardado menos en resolverse que estas cuitas con horquillas.

Por no hablar de cuando son los peluqueros quienes se encargan de hacerle a una el recogido. Las clavan con tal fruición que, para cuando te quieres dar cuenta, ya tienes la cabeza como el malo de Hellraiser. Luego, pasadas las horas, llega el momento de quitarlas en casa. Hay aproximadamente tres mil horquillas invisibles más de las que imaginabas que cabían en tu melena. Ahora sí que parece imposible que se vuelvan a agotar, ¿verdad?

Te voy a dar un consejo: guarda a buen recaudo esa horquilla despistada que aparece la mañana siguiente aún enganchada a algún mechón. Es la única que encontrarás cuando vuelvas a necesitarlas. Y ojalá que no sea para rubias.

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Barbas: estado de la cuestión

peterfondagettyUna amiga de una amiga se lamenta de que todo el género masculino se haya puesto de acuerdo para dejarse barba. ¿La razón de sus cuitas? Según sus propias palabras, se ha vuelto imposible discernir los guapos de los feos (que tire la primera piedra quien no ha visto con buenos ojos a los más orcos del planeta solo por haberse dejado crecer el vello facial). Y, según incide mi amiga, tampoco es fácil saber si son heterosexuales o no. Esta puntualización, que pudiera parecer baladí, cobra especial importancia en esas largas noches de fin de semana que una puede destinar a intentar ligar donde no hay nada que rascar. Y, cuando se quiere dar cuenta, ya está de after y con todo el pescado vendido (o podrido).

Recuerdo que, hace años (antes incluso de que nos asolase esta fiebre del hombre lobo), tuve un novio con barba. El día que se la cortó lo pasé en shock. Me froté varias veces los ojos pensando, para mis adentros, que no conocía para nada la persona con la que compartía hogar y encuentros bíblicos. Si alguna vez os ha ocurrido semejante drama del primer mundo, tengo buenas noticias: vuelve a crecer relativamente rápido.

Chascarrillos aparte, la barba ha enraizado en la sociedad hasta hacer florecer todo un universo económico a su alrededor. Con su dictadura bien asentada en los barrios más hipsters de cada localidad, no solo ha fomentado la aparición de establecimientos dedicados a su cuidado (hay que remontarse a la época de la dictadura para ver barberías tan abarrotadas como hoy en día y, no creo que por casualidad, con una decoración similar), también ha exigido bálsamos, aceites y otros ungüentos para su brillo que en la era pre-metrosexual hubieran provocado repulsión en el varón más moderno. Porque, amigos, ahora hay que hidratarla. Preferiblemente con productos de estética vintage, para que a los hipsters les entre bien por el ojo.

American actor Tom Selleck, star of the CBS detective drama 'Magnum, P.I.,' holds a small dog as he poses in a tropical woodland, Hawaii, 1983. (Photo by CBS Photo Archive/Getty Images)

Y, sin embargo, sigo esperando pacientemente a que regrese el bigote. ¿No me creen? Les diré solo dos palabras: Tom Selleck. No creo necesitar más argumentos para defender mi tesis pero añadiré que facilita la identificación de orcos. Eso sí, una podrá seguir pasando la noche intentando ligar con alguien con quien en la cama solo podría echar una partida al Parchís.

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Firmes propósitos para 2016

CantelloMe gusta hacer listas. El orden me ayuda a encauzar los dispersos planes que mi cerebro va trazando (y olvidando, en paralelo) sin ton ni son. También me gustan los propósitos. Pienso que una persona con un mínimo de ambición debe tener un buen puñado de propósitos que cumplir en su vida. O, al menos, en un plazo indeterminado de tiempo. Quizá en un listado. Justo al lado de la enumeración de líneas rojas que, dentro o fuera de la legalidad, está dispuesto a cruzar para conseguir sus objetivos. Es por eso que elaborar una lista con propósitos para el año que comienza se me antoja, aunque un poco moñas, una idea interesante. Y han tenido ustedes la fortuna (o la desgracia, luego me cuentan) de ser testigos de la mía de cara al 2016. Por motivos estrictamente profesionales (la temática de esta bitácora es la que es), reduciré los objetivos al territorio cosmético. Allá voy:

  • Siento la absoluta necesidad de saber más sobre la historia de la belleza. A veces tengo la sensación de que la información sobre un determinado producto, marca o ingrediente se queda en la superficie cuando podría rescatar datos interesantísimos de las profundidades de su biografía. El contexto y la perspectiva histórica deberían ser aliados imprescindibles de cualquier periodista. Aunque escriba de potingues. Me he hecho con un buen puñado de libros en los que se traza el árbol genealógico de labiales, maquillaje, perfumes e incluso cánones de belleza. No veo el momento de hincarles el diente.
  • Me gustaría (volver a) hacer una producción de fotos con el maquillador Tom Pecheux. Su trabajo me deja sin aliento. Este año que termina me ocurrió lo mismo con Linda Cantello (directora creativa de maquillaje de Giorgio Armani Beauty), una absoluta prestidigitadora de ese clásico contemporáneo que llamamos no make up make up, y, tras mucho ir y venir, conseguí verlo publicado en el número de noviembre (y en este mismo post, al comienzo). Mis compañeros de redacción saben el empeño que puse en sacar el proyecto adelante, así que apelaré a su paciencia, porque este año el nombre que más va a sonar en Harper’s Bazaar es el de Tom Pecheux. Así que no intentéis eclipsarme con vuestras historias de moda.
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  • No hablaré de las proezas de un producto o tratamiento que no haya probado. Sin embargo, si los he catado y me han gustado… podrán incluso pensar que me han sobornado por narrarles la chanza. Tal será mi pasión por descubrir las cosas que de verdad funcionan. Cuando no me gusten, les regalaré sapos y culebras. Sí, éste también es un objetivo de continuidad.
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  • Dejaré de obsesionarme con todo lo que hacen las hermanas Kardashian. No volveré a sorprenderme con lo vacío de contenido que está todo y, sin embargo, lo bien que les funciona. No perderé mi fe en la humanidad.
  • Miraré con más cariño los productos capilares. No digo que vaya a aprender a manejar unas planchas (muchos ya solo las conocen como stylers) pero, quién sabe, igual un día salgo a la calle tras haberme limpiado la melena con champú en seco. Por supuesto, os lo contaré cuando suceda. Vivo al límite.
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Pat McGrath ha tenido una idea brillante

Pat McGrath (izquierda) y Eva Chen.La maquilladora Pat McGrath (izda.) y Eva Chen, jefa de la divisón de moda en Instagram, durante la demostración en las Tullerías francesas de Gold 001 (octubre).

A diferencia de los creadores de moda (llámenle Dior, Balenciaga o Chanel), la gente no suele saber quiénes son los responsables de sus cosméticos. Muchos, ingenuos, ni siquiera sospechan que en maquillaje, igual que en costura, hay temporadas y que el colorido evoluciona al compás de las mismas. Por no hablar del tiempo de previsión con que se comienza a esbozar cada producto (una media de dos años de adelanto, a diferencia de la moda, que comienza a trabajar con uno de previsión).

Hay algo en lo que coinciden ambas industrias: las estrellas (y los egos) refulgen con igual pasión. Pongamos como ejemplo a la canonizada Pat McGrath (Northampton, Reino Unido, 1970). Quizá para vuestros progenitores (o la paciente señora de Murcia, a la que apelamos en todos los medios cuando nos autopreguntamos si nuestro contenido es para todos los públicos) el nombre no resulte conocido, pero en la cosmética es poco más que Buddha reencarnado. Ha trabajado con los más grandes, es favorita de las supermodelos y su currículum la apuntala como directora creativa global de Procter & Gamble (principalmente de sus dos líneas de maquillaje, MaxFactor y Covergirl, aunque también trabajó en lanzamientos de las divisiones de lujo, como Dolce & Gabbana y Gucci).

Se ha encargado, por supuesto, de crear el maquillaje de TODAS las campañas que se puedan imaginar. Vaya si es la mejor. Hasta la reina Isabel de Inglaterra la condecoró como Miembro de la Orden del Imperio Británico. Nada mal para una persona de la que la sempiterna señora de Murcia no ha oído ni hablar, pero que se inventa el colorete que llevaremos la próxima primavera. Y, creedme, quizá no queramos, pero sin darnos cuenta lo llevaremos.

El caso es que el pasado verano, en una decisión que provocó la algarabía de la siempre excitable industria de la moda, anunció el lanzamiento de su propia línea cosmética. Hasta ahí nada nuevo. François Nars, Bobbi Brown, Terry de Gunzburg o Dany Sanz (fundadora de Make Up For Ever) recorrieron ese camino antes que ella. Pero el buzz generado por McGrath fue absolutamente diferente al de sus predecesores. Comenzaría con un aperitivo: solo produciría 1.000 ejemplares de su primer producto cosmético.

InstagramPatMcGrathGoldIlustración de Donald Robertson inspirada en Gold 001, primer producto lanzado por Pat McGrath con su propia marca.

En un principio no se sabía de que se trataba. Pero uno podía pre-registrarse en su página web para permanecer informado (y tener acceso a la preventa). En septiembre desveló Gold 001 en la pasarela, sobre los labios de las modelos de Prada. Pocos días después, le grangeó el primer contacto con el pueblo llano: lo llevó a las calles de París para probarlo en todo aquel que quisiese. Una acción de guerrilla deluxe que acabó por convertir las Tullerías en el epicentro del maquillaje dorado. El producto en sí era una especie de pigmento muy cubriente, tan versátil que servía para labios, ojos y también como iluminador. El paquete incluía lentejuelas doradas (un aderezo prescindible), una espátula y un envase de un líquido específico para convertirlo en gloss. ¿Lo han visto ustedes en las tiendas? Por supuesto que no: con un precio inicial de 40 dólares, se agotó a las pocas horas de ponerse a la venta en su tienda online.

La propuesta limitada resultó un plan sin fisuras: la señora de Murcia puede seguir sin conocer a Pat McGrath (tranquilos, todo llegará), pero media industria cosmética está como un cánido esperando que su amo le diga sit para obedecer. O lo que es lo mismo, hacerse con cualquier otro invento que la McGrath tenga a bien pergeñar. Como ejemplo, el segundo producto, Phantom 002, que salió a la venta el 15 de diciembre. Consistía en un kit de cuatro sombras (azul, amarilla, rosa y roja; en la imagen inferior), una crema negra y varios pinceles. Precio de salida: 240 dólares. Número de unidades a la venta: 1.500. Resultado: agotado en pocas horas.

Phantom002

A falta del lanzamiento oficial de la marca, previsto para 2016, Pat McGrath ha decidido comenzar su campaña vendiendo sus cafés (bien cargados) a los más cafeteros. Y la respuesta ha sido excelente. Confieso que estoy esperando con ansias el nuevo año para ser testigo del aterrizaje de toda su efusividad cromática en los grandes almacenes de medio mundo. No todos los días se puede ver a un icono de la industria transformarse en fenómeno global.

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Cosmética española para regalar a expatriados

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Podríamos aprender de los coreanos, que exportaron estas mascarillas tan feas (en la imagen, la modelo Karlie Kloss con una de ellas) sin ningún tipo de pudor. Y el mundo entero las compró.

La gente suele llevar jamón, bombones,  vino o, en casos excepcionales, algún libro. Pero yo siempre que me presento de visita a casa de algún amigo en el extranjero me siento más bien como si llegase de atracar una perfumería: que si cremas, que si serums (hay una generación completa muy obsesionada con los serums, algún día tenemos que hablar de ello), que si aceites capilares, que si anticelulíticos, que si máscaras de pestañas… Mi llegada siempre empieza con un Ding dong, Avon llama, que dirían en Eduardo Manostijeras.

Me gusta especialmente llevar productos de producción local. ¿O acaso eso de apoyar la producción de proximidad debería militarse solo a la alimentación? Por ejemplo, a más de un expatriado que vive en otro huso horario le he llevado los centenarios aromas de Álvarez Gómez (sus packs y neceseres son fantásticos), o las dignísimas aguas de colonia de Hierbas de Ibiza.

En caso de que le vaya lo místico, probablemente me decantaría por algún aceite de Alqvimia que, además, ofrecen unos resultados excelentes sobre la piel. Más de una vez he comentado que soy adicta al reafirmante de busto, aunque probablemente solo se lo regalaría a alguien con quien tuviera mucha confianza (por puro pudor, imagínense que la persona sobreentiende que se lo doy porque creo que tiene los pechos a la altura del ombligo). Para ir sobre seguro, y garantizarme un techo sobre el que dormir, me decantaría por algún aceite corporal.

Y si el agasajado es más de pegarse a la tierra, como las raíces de las vides, aparecería en su puerta con un agua micelar de Esdor. Prruébenla, no solo no se arrepentirán, sino que entenderán por qué demonios a alguien podría ocurrírsele que regalar un producto desmaquillante es una buena idea. Es más, ya puestos a llevar obsequios raros, añadiría un jabón exfoliante de cítricos de Archangela. Ducharse con él es, sencillamente, delicioso.

Si fuese alguien de mi familia o muy pero que muy cercano, invertiría en algo de Natura Bissé. A mí con esa marca se me nubla la razón (y el presupuesto). El despigmentante (con SPF 50) Diamond White Matte Finish Sun Protection creo que ya se ha colado en mis cadenas de ADN de tanto tiempo que lo llevo usando. Pero para un cuerpo ajeno, probablemente me decantaría entre algún producto hidratante de las línea de Vitamina C o Diamond.

Me gusta pensar que, con este tipo de regalos, acerco a mis amigos a marcas a las que jamás se hubieran aproximado por su cuenta. Y, créanme, muchas veces he visto auténticos talifanes a posteriori.

A mí misma me ha pasado. A día de hoy, me declaro talifán de segunda generación de la Crema Vitalizadora Antiaging y el Capturador Micelar de Secretos del agua. Conocía la firma, pero nunca le había echado demasiada cuenta hasta que una compañera me invitó a CONOCERLA. Un mes después, usando solo sus productos en mi rostro (no os mentiré: fue difícil no caer en el embrujo de algún serum), puedo certificar que cumplen con lo que prometen. Lo cierto es que (¡bien por ellos!) son realistas en sus premisas: una piel equilibrada. Y me gusta mucho. La honestidad por su parte. Y también el resultado.

Disclaimer: Ninguna cuenta corriente ha sufrido daños durante la escritura de este post.

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Un pequeño paso para el hombre, uno muy grande para su equipaje

Marilyn-gettyMuchas veces me paro a pensar en lo mucho que ha conquistado el ser humano. Del fuego a la electricidad. De la rueda a un paseo por la luna, Apollo 11 mediante. De las pieles de borrego para resguardarse de la gran glaciación a los abrigos ultraligeros de plumón popularizados por Uniqlo. En definitiva, de vivir al borde del peligro de extinción a sopesar la posibilidad de que hayamos superado el punto crítico del gran filtro.

Pienso todo esto y, en realidad, me enfado. Mucho. Me parece increíble que un señor  (¡Hola, Neil Armstrong!) haya podido aterrizar de manera impecable a la luna en tan solo tres días y yo, tras un puente aéreo de cincuenta cochinos minutos, llegue a casa con el equipaje embadurnado de cremas, perfumes, champús o lo que se tercie. Os juro que vivo con el pánico de abrir la maleta y ver cómo mis botines de ante son ahora acharolados gracias a las propiedades nutritivas de la manteca corporal.

Sí, amigos, hay que abrir este melón. ¿Por qué demonios hemos sido capaces de inventar tantas cosas y todavía no hemos logrado fabricar envases cosméticos que se cierren bien a la primera? Habrá quién diga que siempre está esa socorrida solución de embalarlos con celofán. Y ese es el tipo de gente, los enablers, responsable de que este mal se haya convertido en endémico. Piénsenlo: ¿cuánto dinero están dispuestos a pagar por un bote de champú que tienen que parchear para viajar?

Desde aquí hago un llamamiento a toda la industria cosmética. Aparquen la búsqueda de la enésima molécula de la melena sedosa, el secreto vegano de la piel de terciopelo o el cóctel de activos aniquilador de la piel de naranja. Céntrense en fabricar un bote que, tras un par de meneos, no derrame su contenido con la fruición de una botella de cava en fin de año. Hágannos (y háganse) ese favor. Es lo único que pido esta navidad.

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Mis chakras: estado de la cuestión

(GERMANY OUT) "Chakra" energy massage of the feet- about 1971 (Photo by Rudolf Dietrich/ullstein bild via Getty Images)

Soy escéptica. Mucho. Y a veces no lo sé disimular. Confieso que dudo de la seriedad de cualquier ritual cosmético en el que se hable de equilibrar las energías del cuerpo o aplicar piedras de cuarzo blanco para trasladar la información molecular del activo a las capas más profundas de la piel (¿¿??). A veces me muerdo la lengua cuando la esteticista –con toda la autoridad que su cargo le otorga– me empieza a narrar las virtudes trascendentales de la experiencia y transformación que estoy a punto de vivir.

Porque, estarán conmigo, una cosa es hidratar, exfoliar o iluminar (introduzcan el verbo que más les apetezca) y otra muy distinta salir de la camilla de masajes con un alumbramiento espiritual bajo el brazo. ¿Desde cuando el centro de estética es tan descaradamente la alternativa de bajo coste al diván de terapia?

Además, ¿saben qué es lo más duro? Que muchas de las firmas que se entregan más profusamente a este tipo de protocolos (o al menos las que yo conozco) no lo hacen para esconder la paupérrima calidad de sus productos. Au contraire, tienen excelentes gamas que para sí quisieran los líderes del mercado. No entiendo, entonces, por qué orientan (y limitan) la venta a un segmento tan concreto del mercado.

Lo he pensado muchas veces. Y, lo siento, pero no encuentro una respuesta. Hoy, mientras leía  ¿Existe la felicidad?, de Toño Fraguas (corran ya a comprarlo, porque entre todos los amigos queremos regalarle a Toño una segunda edición para navidad), este pequeño comecome del primer mundo ha vuelto a mi mente.

En el noveno capítulo del libro de Fraguas, donde trata la búsquedad de la felicidad a través de la ayuda externa, menciona las diferentes aproximaciones de las terapias alternativas al universo imaginario de la energía corporal. “En el mundo del esoterismo, el ocultismo, el universo holístico y demás patrañas pseudocientíficas la energía vital o corporal ni se mide ni tiene propiedades demostrables (…). Vamos a ver: el cuerpo humano, como todo organismo vivo, produce electricidad y un campo electromagnético. Además, podemos acumular electricidad (y cuando la liberamos damos calambre). Nuestros huesos y músculos también son maquinaria y están sometidos a presión y a la energía mecánica. Cuando un músculo se contrae o cuando chasqueamos los dedos también hay una acumulación y una liberación de energía. Pero siempre hablamos de energía física: medible“.

En resumen, que cuando alguien nos explica que con unos aceites y unas piedras sobre el cuerpo conseguiremos una piel reluciente y unos chakras tan impolutamente alineados que serán la comidilla del barrio, lo que realmente nos están anunciando es que estamos a punto de vivir un acto de fe (a falta de investigaciones favorables a la materia). No apto para escépticos.

Disclaimer: Puedo constatar y constato que al menos la primera de las dos promesas (piel reluciente) se cumple. Aún no he visto a mis vecinas hablar sobre el estado de mis chakras. Todo puede ocurrir.

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Cómo elegí mi corte de pelo

louisebrooksgettyHace algunos años tuve una jefa que me dio un consejo: “Tienes que encontrar algo que te defina a simple vista. No me importa que sean tacones quilométricos o unos labios rojos”, dijo. Ustedes pueden valorar la recomendación como más les guste, pero yo la tomé al pie de la letra (entre otras cosas, no se lleven a engaños, porque era… mi jefa) y al día siguiente aparecí en la redacción con unos morritos en tono carmín que no se los saltaba ni un daltónico. A día de hoy, y gracias a esa frase, puedo presumir de ser una auténtica experta en tan sintética e inservible materia. Quién sabe, a lo mejor algún día la monetizo.

Sin embargo encontrar un rasgo definitorio no me pareció suficiente. Siempre he sido de go bold or go home, así que decidí que también debía resolver de una vez por todas mi corte de pelo.

Verán, partía de una situación complicada: tenía poco, muy fino y extremadamente lacio. Rupert, te necesito, que dirían las presentadoras de Telecinco cuando la cadena todavía empleaba a señoronas en prime time. Siendo honesta conmigo mismo, lo que me hubiera encantado es presumir del melenón [bien poblado, brillante, con bucles, como de cortar con segadora] de estrellas como Jessica Alba o Blake Lively, o aquellas mechas tan populares que se gastaba Alexa Chung (y que han pasado sin pena ni gloria por la historia de la peluquería). No puedo llevar a nadie a engaño: lo mío recordaba mucho más a la estética de Angelica Huston en Las brujas de Roald Dahl cuando se quitaba el disfraz. El mero acto de peinarme era una cuestión de fe.

keirachanelTodo cambió hace cuatro años. Ese fue el día que vi por primera vez a Keira Knightley enfundarse en un mono camel y conducir una moto en un anuncio de Coco Mademoiselle, la fragancia de Chanel (lo pueden ver aquí, erotizando a Alberto Ammann). Decidí, de manera unilateral, que ese sería mi corte de pelo.

A Miriam Riol, mi peluquera (su salón, La Gran Tijera, es uno de mis mejores descubrimientos madrileños), le pareció una excelente idea. Ahora voy por el mundo pregonando las bondades del corte, quizá tan clásico como el labial rojo, que ayuda a crear la ilusión de volumen y requiere un esfuerzo igual a cero a la hora de peinarse (basta aplicar el secador con la cabeza boca abajo para dar con la estética perfecta cada mañana). En este tiempo, también me he dado cuenta de que jamás pasa de moda, quizá porque nunca está de plena tendencia.

Si por un casual deciden visitar un salón de belleza para hacerse un bob, las invito a actualizar mis propuestas, hermanas del Pinterest. En caso de que busquen ideas: me gustan las estéticas de Victoria Beckham (sin el momento mechas), Rosamund Pike y Karlie Kloss (para quien pueda llevarlo más largo, o lob). Pero, tirando de REFERENCIAS (con mayúsculas y negrita), la mejor de la hemeroteca siempre será Louise Brooks y su incombustible corte de pelo (llámenle bob, llámenle pixie). Hasta Eduardo Manostijeras se quedaría sin aliento.

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