El gran (maquillaje) azul

taylorcleopatraDel gabinete de los horrores de las tendencias de maquillaje, mi favorita es la de la sombra de ojos azul. A pesar de que no alcanzo a imaginar en qué planeta paralelo un celeste, cian o Klein pueden quedar bien en el párpado móvil de alguien, la fascinación me puede.

Recuerdo cuando estrenaron Mi chica. La maquilladora de la casa funeraria, protagonizada por Jamie Lee Curtis, explicaba a una pequeña Anna Chlumsky que la primera regla del maquillaje es que nunca hay suficiente sombra azul. Veintitrés años después de ver la película puedo asegurar (sin temor a equivocarme) de que esta teoría cromática es insostenible. Pero me ha costado mi tiempo llegar a esa reflexión.

No puedo dejar de acumular referencias. El tono cielo con que Shelly despidió a la maestra del pueblo en esa misma película. La dibujada mirada de Cleopatra (versionada por Liz Taylor), que parecía gastar un envase completo de sombra cremosa por cada día de rodaje. La combinación malva/azulado de Úrsula en La Sirenita, acaso inspirada en la estética de Divine en Pink FlamingosO las mil y una rayas de Kimera, aquella cantante coreana de ópera cuya hija habían secuestrado y que aseguraba que su marido jamás la había visto sin maquillar. Seamos sinceros: como si en algún lugar de la Mancha se pudiesen aterrizar estas propuestas.

A decir verdad, jamás he plasmado sobre el papel esta fantasía celeste. Tampoco creo que lo haga. Quizá me falte una Miranda Priestly (por cierto, lleva sombra de ojos azulada en la popular escena de El diablo viste de Prada) que me aleccione sobre las virtudes del cerúleo y, de un golpe inspirador, me haga perder la vergüenza. Y me envíe a pitufolandia.

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