Mi primera colonia Chispas

perfumesinfantilesHubo un tiempo en que era fiel a los aromas, mucho antes de que aquel novio me pusiera los cuernos y trastocase para siempre mi capacidad de compromiso con los perfumes. Sin embargo, han pasado tantos años desde eso que los únicos olores que aún recuerdo con una sana nostalgia son… los infantiles.

Ejercité mis primeras notas frescas con la tríada iniciática de cualquier infante español: Nenuco, Denenes y Chupetín. Créanme, no hay tantos países en el mundo que bañen en colonia a sus bebés con la intensidad con la que Tetis metió a Aquiles en el río Estigia para hacerlo inmortal. Se podría decir que nacemos con la colonia puesta.

Me hubiera gustado tener mi primera colonia Chispas pero mi madre nunca se animó y, a día de hoy, su olor me resulta tan sintético que no podría ni acercarme a ella de modo voluntario. Eso sí, como adelantando con qué me ganaría las castañas, muchos otros clásicos hcieron escala en mi neceser: Farala (tenemos chica nueva en la oficina… ES JUVENIL), Don Algodón (qué lejanos se antojan ahora los tiempos en que las fragancias venían sin vaporizador), You and You (les sonará, quizá, por su anuncio), Mango (jamás entendí que el tapón se asemejara al de una laca de uñas), Eau Jeune y Chanson d’Eau (se me parecían mucho y nunca me acabaron de convencer), cualquiera de las versiones de Ágatha Ruiz de la Prada (Corazón, Flor, Agua…) e incluso Anaïs Anaïs (cuya adquisición solo se desbloqueaba cuando uno ya se manejaba con soltura con la paga semanal. O cuando alguien la regalaba, que era como siempre llegaba a mis manos).

En mi nostalgia particular destaca Agua de Vida de Gal, un aroma fresco pero con bastante sillage que recuerdo con especial cariño. De hecho, si tuviera que elegir un olor de mi infancia, sería este sin duda. Está tan absolutamente descatalogado que no me puedo hacer con él ni por eso de mantener viva a la niña que llevo dentro. Pero no me dejen enredarme tanto, ¿cuáles son perfumes que hacen despertar su pituitaria más temprana?

 

 

 

 

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Soy una tuitera analógica

Estoy en el ranking de los 50 tuiteros más antiguos de España. Y, la verdad, un poco viejuna sí que me siento. No precisamente por las obsolescencia de las aplicaciones y redes sociales que gestiono a diario desde la pantalla de mi smartphone, sino por lo que guardo en mi cuarto de baño. O, más bien, por lo que no guardo. Confieso que el único aparato eléctrico que está en funcionamiento (aparte de la siempre anacrónica radio, que escucho cada mañana como prueba irrefutable de mi ancianidad) es el secador air de ghd.

Una foto actual de los tuiteros españoles de toda la vida. Entre ellos me incluyo.

Soy absolutamente incapaz de declararle fidelidad a ningún producto cosmético que haya que recargar o enchufar. Ni Sherlock Holmes podría encontrar (en los múltiples cajones en que almaceno artilugios de lo más peregrino) cepillos de limpieza, limas, rizadores o depiladoras. He acabado por declarar mi baño zona libre de baterías. Sencillamente no hay espacio para ellas.

No será por no haber intentado incluirlas en mi rutina. Con el cepillo eléctrico de dientes (quizá el gadget más democratizado de los cuartos de baño) el romance me duró unos tres años. Más tiempo que muchos novios. Sin embargo lo dejé olvidado en un hotel de Queenstown, en Nueva Zelanda, y ahí se quedó. Sé que limpian peor, pero entre mis fetiches higiénicos (¿esto existe?) están los cepillos de dureza media de PHB. Los de toda la vida. Me gusta, además, que tengan el asidero en un color sólido, no transparente con silicona. Vamos, una tortura digna de mi condición de hija única que me obliga a recorrer varias farmacias antes de reemplazar (cada dos meses, sin falta) el cepillo. Lo único que le falta a esta estampa costumbrista es que, como en Solo en casa, le pregunte a la farmacéutica si está aprobado por la asociación de odontólogos. Esa soy yo haciéndome la vida analógicamente sencilla.

Luego están los aparatos de limpieza faciales. He usado esporádicamente los de Clarisonic y, aunque es cierto que se siente instantáneamente la limpieza en el rostro, requieren de una constancia para la que parezco no estar capacitada. Igual es que tengo déficit de atención y nunca me lo han diagnosticado. En mi (tampoco diagnosticada) inmensa generosidad siempre he acabado regalando los aparatos para que, al menos, tuvieran una segunda y fructífera vida. Incluido el específico para pedicura que me juré y perjuré que emplearía cada semana. Ajá. Menos mal que no tiré el pulidor de The Body Shop que me hace el apaño de pascuas a ramos. Me sirve, precisamente, porque no hay que cargarlo.

https://daveandhiscriticisms.files.wordpress.com/2013/10/42-leg-shaving.gif?w=545&h=291

Y termino con la depilación. Mi Silk-épil, tan antigua que podría datarse con Carbono 14, acumuló polvo durante años. Las piernas de yours truly pasaron, sin anestesia o marcha atrás, de la cuchilla de afeitar al láser de Hedonai. Si en Showgirls funciona, por qué en mi casa no.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

El mundo está lleno de paletas

Black Make up Palette with Eye Shadow

¿Hacen falta tantas paletas de sombras en el mundo? Esta pregunta suele asaltarme cuando las principales marcas de cosmética presentan nueva colección. O sea, un mínimo de cuatro veces al año. Unas cincuenta y seis, si uno se deja llevar por el fervor de lanzamientos de firmas como M·A·C Cosmetics.

A mí, que en muy raras ocasiones me maquillo los ojos con sombras, se me antoja muy complicado que las firmas consigan encajar nuevos packs de 3 o 5 sombras (ya saben, para hacerse unos ojos ahumados o, simplemente, jugar con los colores) cada tres meses. Sobre todo porque el rango cromático en el que muchas se mueven es bastante escueto: grises, ocres, rosados y, en un alarde de creatividad, algunos azules o verdes. La sensación, al final, es de presenciar una y otra vez el día de la marmota.

Por supuesto muchas firmas (la anteriormente mencionada M·A·C, NYX, E.L.F…) llevan el espectro de colores más allá (neones, morados, fucsias, rojos…), pero dudo seriamente que el grueso de sus ventas derive de esa extravagancia que, más bien, busca validar la idea de que la firma es creativa y ofrece herramientas para crear cualquier tipo de maquillaje.

Otras marcas envidan a grande. Quieren que su propuesta se convierta en referente, aunque el producto que entregan pese y abulte tanto que, por ambos factores, casi ni puede viajar en equipaje de mano. Es la teoría del granel: ¿Para qué presentar cinco colores si te puedo inclur en un mismo envase todos los que vas a usar en tu vida, ya sean mate o iridiscente? Pienso en las paletas MetalMatte de Kat Von D o en la popular línea Naked de Urban Decay. Las adolescentes que las usan arguyen, como auténticas prosumers, que pigmentan especialmente bien. Yo ahí veo un exitoso trabajo del equipo de marketing. Nunca jamás imaginé que la gama de los nude pudiese dar tanto pie a spin offs y que la gente sintiese la imperiosa necesidad de tener (y usar) decenas de paletas de sombras en tonos neutros. ¿En qué momento acaparar paletas se convirtió en un símbolo de estatus?
via GIPHY

Díganme la verdad, ustedes que usan estas sombras, ¿de cada paleta gastan las que más les gusta y dejan las 99 restantes sin estrenar (como haría yo)?, ¿las coleccionan para venderlas al mejor postor dentro de unos años (yo también haría esto)?, ¿se maquillan noche y día para terminarlas antes de que salga la siguiente edición limitada?, ¿alguna vez han usado el tono azul que siempre viene?, ¿Cuántas tienen (realmente)?, ¿Dónde almacenan semejante arsenal?, cuando se van de vacaciones, ¿cuantas se llevan?… Respóndanme para ver si, en este asunto de las paletas, me siento un poco menos ídem.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Pero, ¿qué hacéis en verano?

A woman in a black bikini thrashes her way across a swimming pool, circa 1930. (Photo by FPG/Hulton Archive/Getty Images)

En los meses de abril y mayo suele comenzar la popularísima Operación Biquini, una carrera contrarreloj de dieta, deporte, tratamientos anticelulíticos y autobronceadores. Todo para llegar a la playa delgado, esbelto y tan moreno que pareciese que se hubiera quedado ahí, en las mismas condiciones atmosféricas, desde el agosto anterior. Esta tradición primaveral se me antoja como el equivalente estético del Vuelva usted mañana (“Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza” arrancaba Mariano José de Larra). El cuidado corporal se va posponiendo a lo largo del ídem invierno y, al final, la motivación se presenta en el momento límite: tan solo dos semanas antes de cerrar la cremallera de las bermudas y enfundarse el bañador.

Se puede pasar el alto las múltiples fisuras que tiene esta teoría de la puesta a punto. Más profundas que la fosa de las Marianas. A pesar de todo, ahí la tienen, sorprendiendo cada año con ideas renovadas, en sus cabeceras de referencia.

Sin embargo, a mí lo que más me fascina es que un par de meses después de pegarse todo ese apuro, más o menos a finales de agosto, ya aparecen de nuevo los planes detox para recuperarse del verano.

Da la sensación de que pasar quince días a base de calditos e infusiones sirve como salvoconducto para luego descontrolarse como Britney Spears en aquel fatídico 2007 y terminar más acabados que Lindsay Lohan en el Amnesia. Visto desde fuera, el estío parece que nos sienta tan bien como el agua a los Gremlins.

Porque, digo yo, ya que nos hemos molestado en ponernos a punto… ¿qué nos cuesta dormir con una buena mascarilla hidratante en rostro y melena? ¿Y emplear factor total para evitar la aparición de manchas en la piel? ¿Y por qué no hacen unos largos para bajar el aperitivo y la cervecita de después? En fin, si quiere recuperar la figura después de sus excesos veraniegos, vuelva usted (a este blog) mañana.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

En defensa de un oxímoron: el ‘gloss’ mate

Retromatte

Lo recuerdo como si fuera ayer. Desterramos el gloss de nuestros neceseres por una cuestión meramente práctica: no teníamos ninguna necesidad de andar retirando mechones que se habían quedado pegados a la boca. Y tampoco sentíamos especial predilección por lo pegajoso del asunto. El sabor en boca, que dirían los enólogos. Demasiado sticky, añadirían los anglófilos.

Hemos pasado una feliz temporada en brazos de los labiales de acabado mate. Más que feliz. Proporcionan un color de larga duración, no se dejan llevar por las rendijas del código de barras y, muy importante, ya se les puede poner un gato delante que no van a atraer pelos como si fueran un campo magnético de la talla del que rodea al bosón de Higgs. A mí me parece, realmente, un plan sin fisuras.

Sin embargo, en este entorno cíclico que es la cosmética, las marcas han sentenciado el regreso de los glosses. Ahora bien, conscientes del rechazo que el producto genera en el público han decidido cambiarles el nombre. Ahora se los conoce como labios líquidos, tinte labial (que ofrecen un ruborsito nada más) o, jugando con la analogía de las uñas en acabado gel, lacas de labios. Incluyen más cantidad aceite (esto elimina, en parte, el pegajosismo inherente al brillo de antaño) y son capaces de crecer incluso en el territorio más hostil: el del acabado mate.

Yo, que todavía no estoy preparada para regresar a terrenos vinílicos (fui early adopter del acabado mate y, me temo, cerraré la puerta al salir), estoy especialmente atraída por estos brillos que en realidad no brillan. Sí, también soy de las que bebe Coca Cola Zero Sin Cafeína.

He de confesar que ya he probado unos cuantos (todos rojos) y la aplicación no me parece precisamente recomendada para principiantes. Encajar bien la forma de los labios realmente requiere un pulso como para robar panderetas. Pero, una vez superado este pequeño escollo (al fin y al cabo es un labial, no una cirugía a corazón abierto), el resultado se me antoja de lo más convincente. Mi favorito, sin duda, es el Terrybly Velvet Rouge en tono My Red de By Terry. Es increíblemente cubriente, el color y la fijación se defienden durante horas y no tiene nada que envidiarle a un labial en barra.

Otros que he probado, con resultados igualmente satisfactorios, son el Retro Matte Liquid Lipcolour de M·A·C (en tono Feels So Grand, que requiere, además del pulso, un poco de maña para depositar el color de manera uniforme. A la imagen de apertura me remito), el Lip Maestro Lip Stain (algún día tenemos que hablar de esos nombres tan largos que ponen en maquillaje) en tono Drama Red de Giorgio Armani Beauty (un poco más cremoso que el anterior, igual de resolutivo) y el Soft Matte Lip Cream de NYX (en tono Monte Carlo, económico y eficaz). ¿Alguien más ha caído ya en el oxímoron del gloss mate o van directos al brillo sin parangón?

 

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Los anticelulíticos son para el verano

90414

Retrato que me hicieron a 40 grados en Madrid tras ponerme mi drenante efecto frío.

Cuando le conté a nuestra insigne directora la historia que estoy a punto de relatar, su única respuesta fue: cú-cú. Sí, amigos. Una sintética onomatopeya le bastó para ahorrarse mencionar la urgencia de mi ingreso en la López-Ibor. Así que, el disclaimer está hecho. Si leen a partir de aquí, es bajo su propia responsabilidad. Si deciden seguir mis peregrinas prácticas, también.

Continue reading

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Me gustan las cremas que huelen mal

photo of back section of a skunk with lifted tailMientras gran parte del sector cosmético se deja la piel para desarrollar fórmulas ligeras y con un olor rico e impecable (al fin y al cabo, muchas veces ocurre como con los suavizantes de la ropa: la gente compra una crema por lo bien o lo mal que huele), cuando toca renovar hidratante, yo siempre me decanto por las que tienen un aroma neutro. O, directamente, malo. Me dan confianza.

Me baso en una lógica aplastante que yo misma me he inventado: ya tiene que funcionar bien esta crema para que hayan decidido dejarle este olor de mierda.  Reflexionen sobre eso. Medio planeta buscando replicar el éxito del Mimosín (volviendo a las analogías del lavado) en una hidratante para que lleguen unos iluminados y se les olvide añadir aromatizantes porque se han emocionado demasiado microencapsulando nosequé activos por primera vez en la historia. O porque van a interferir en el óptimo funcionamiento de los ingredientes y deciden prescindir de lo estético. Yo lo veo plausible.

También pienso (y esto sigue siendo parte de mi más maquiavélica cosecha) que no hay mejor forma de esconder una formulación mediocre que con un buen aroma. A las baldas de las marcas blancas en los supermercados me remito. “Nosotros nos especializamos en hacer cremas que huelen bien”, dirán algunas empresas. Yo, para eso, ya tengo una buena retahíla de perfumes. Muchas gracias.

Conozco a una persona a la que su marido le pidió por favor que dejase de usar el Tratamiento Facial Infoactivo Sensitivo de Secretos del Agua antes de ir a dormir. A mí me gusta tanto cómo me deja la piel que, si fuera ella, pensaría seriamente en plantear un cese temporal de la convivencia. Al menos uno de cada tres meses, para garantizar un correcto cuidado del rostro.

Algo parecido me ocurrió a mí con la línea personalizada de Haute Custom Beauty, una desconocida (y sorprendentemente maravillosa) firma catalana. Los aromas de los elixires nocturnos monodosis eran, a cada cual, más impredecible. Sin embargo, el resultado tras un mes de utilización continua hacía que la sorpresa olfativa mereciese la pena. Es más, si tuviese una queja no sería el olor: comentaría que la crema hidratante del kit mensual se termina dos días antes de finalizar el resto de productos. Dramas del primer mundo.

O el aceite facial de Pai Cosmetics. Me resulta increíble que un frasco tan pequeño pueda retar con tanta intensidad a la pituitaria. Y sin embargo en Laconicum ya han roto stock en varias ocasiones. Por algo será.

Tranquilas, también hay propuestas que se quedan en un término medio. Ni bien ni mal. Ni pa ti ni pa mi. como la Creme de Corps de Kiehl’s o la Dramatically Different Moisturizing Lotion de Clinique. Son, probablemente, dos de las mejores humectantes del mercado. Yo misma las empleo como tratamiento de choque después de la piscina o cuando me noto la piel especialmente seca.

Os diré una cosa: una empieza experimentando con las cremas neutras y las apestosas y al final acaba por repudiar todas las hidratantes con un aroma especialmente rico por considerarlo invasivo e innecesario. Quizá, lo mejor es que no os adentréis en este peligroso manglar del que yo ya parezco no poder escapar.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Usted forma parte de la generación ojera

large_breakfast_at_tiffanys_blu-ray_1Cada mañana constato que quien decidió estratificar la población por edades, separando a la Generación X (alumbrados entre 1960 y 1980) de los Millennials (nacidos entre 1980 y 2000) nunca viajó con todos ellos una mañana en el Metro de Madrid. Solo así se entiende que rompieran su vínculo de cuajo cuando, salta a la vista, los unen más cosas de las que los separan. Al menos a los que viajan en los vagones de la línea 2, que conforman una muestra poblacional tan buena como cualquier otra. A simple vista, hasta un ojo poco entrenado podría testificar que todos ellos, contando con las típicas excepciones que confirman la regla, son miembros activos de la Generación Ojera.

A menos que usted padezca de sarcopenia o sus progenitores le hayan dejado en herencia unos genes propensos a la hipercromía idiopática, el motivo de sus ojeras es, simple y llanamente, que ha dormido poco. No se preocupe. No está solo. La Generación Ojera incluye una explicación al por qué de sus desvelos: se levanta al alba para llegar a tiempo a un trabajo en el que le sobra mes al final del sueldo y en el que se requiere una dedicación casi exclusiva (¿familia? ¿hijos?, ¿conciliación laboral?). Al final de la jornada, el único anhelo que le queda es arrastrarse de vuelta a casa, cenar viendo la televisión, leer un poco y echarse a dormir. No siempre es posible: hay demasiados eventos pop up, copas afterwork, cenas de trabajo y reuniones de amigos como para encerrarse en su guarida hasta el día siguiente. Un miembro de la Generación Ojera jamás descarta un plan porque tiene que irse a dormir.

Quizá se les haya pasado por alto, pero las marcas cosméticas hace años que comenzaron a capitalizar este insomnio intergeneracional como auténticas aves rapaces. Algunas, como Vitesse y su Crema Efecto 8H de sueño, lo hacen a la franca: recomiendan esconder el cansancio crónico a golpe de hidratación. Hay que tener mucha fe para creerlo. Y sin embargo, esta propuesta es la punta del iceberg de una industria que ha invertido tiempo y esfuerzo en desarrollar un exitoso arsenal de productos para gente de vida agitada. Bases de maquillaje con efectos calmantes (“refresca la piel estresada”, rezaba un anuncio de Avon), antiojeras con activos reparadores, cremas nocturnas que regeneran los circuitos naturales de la piel (¿ein?) y mis favoritos, las ampollas de efecto flash. Prometen resultados instantáneos: revitalizan, hidratan, iluminan y desintoxican la piel. El auténtico sueño americano condensado en viales monodosis de 2ML.

Como buenos hijos del capitalismo de mercado, a la Generación Ojera le han enseñado que los signos visibles de la fatiga se pueden borrar con cremas de color y tratar, a largo plazo, con concentrados cargados de cafeína. Es más, cuando la recomendación consiste en dormir ocho horas y beber dos litros de agua al día, estallan en risas. ¿Esos no son los típicos consejos que dan las supermodelos cuando no tienen nada mejor que decir? ¿Alguien hace caso a eso? Y así nos va. Todos juntos, agotados, ojerosos y de camino al trabajo en la línea 2 del Metro de Madrid. Próxima estación: Retiro.

 

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

De cómo anoche me colé en el anuncio de Pavofrío

deliciosacalmaAnoche estuve cenando en el Deliciosa Calma, el restaurante al que acude un buen puñado mujeres al borde de un ataque de nervios en el ultimísimo y viralísimo anuncio de Pavofrío. Y no se come mal. El caso es que cuando llegué, invitada por un buen amigo, ni había oído hablar de la campaña publicitaria, ni sabía de qué iba el asunto ni, por supuesto, imaginé que parte de mi menú consistiría en jamón de pavo envasado. Cero. Rien. Nada. Una carrera periodística tirada a la basura por estar pensando en las musarañas. Lo único que mi cerebro retuvo es que el menú lo elaboraría Susi Díaz, propietaria y responsable de cocina de La Finca, en Elche, con una estrella Michelin. Es-tre-lla Mi-che-lin. Desde ese momento mi bulbo raquídeo comenzó a enviar mensajes al estómago y ya no hubo vuelta atrás.

Total, que ya en la misma puerta del local (un espacio efímero en la madrileña calle Ponzano al que se puede acceder en determinadas fechas por invitación tras un sorteo) me enteré de toda la polémica que ha rodeado esta campaña. Es ineludible explicar que apela directamente a las mujeres. Al estrés diario. A la conciliación. A lo que la sociedad espera de ellas. Sin embargo, por el modo de hacerlo (o por simplemente hacerlo) muchas de las potenciales clientas han acabado amohinándose y sintiéndose incómodas ante los estereotipos. Para otras tantas la ficción televisiva no ha superado la categoría de anécdota graciosa.

gimnasio

De primer plato: No he ido al gimnasio porque no me ha dado la gana y ya con pavo y aceite de macadamia.

Sea como fuere, a mí el menú me encantó. Cuajadito de flores y detalles que hacen que olvides que las lonchas de pavo patrocinaban la vaina. Afortunadamente no la eclipsaron en busca de su minuto de gloria. Se integraron orgánicamente. Y eso es de agradecer. Cuando la chef se acercó a saludar al respetable (women only, como rezaba la invitación) comentó que solo había incluido el fiambre en cuatro de los ocho platos que se daban a elegir y que todo el menú era novedad. Así que, mamá, no te preocupes, cené más que un poco de jamón york. En la elaboración, incluyó ingredientes recomendados por un estudio reciente de la universidad de Berkeley (EEUU) para reducir el estrés. Son fantásticos esos estudios, lo mismo te dicen que un poquito de estrés te viene bien que buscan la manera de que te lo quites a cucharazos.

menundc

Aquí el menú completo, con premio al creativo (o la creativa) que elaboró cada uno de los nombres de los platos.

Cuando vi el anuncio esta mañana me di cuenta de que había cenado en el propio spot sin saberlo. Mismo menú, mismo espíritu, misma presencia sutil (y no invasiva) del material promocionado… Lo único que cambiaron fue a María Barranco, Rossy de Palma y Carmen Maura por Chenoa, Ruth Lorenzo y Anne Igartiburu. No se puede ser perfecto. Los platos tenían títulos tan sugerentes como No he ido al gimnasio porque no me ha dado la gana y ya con pavo y aceite de macadamia, Sigo sin pareja estable y me la resbala sobre láminas de pavo y rábano al perfume de trufa o A mí que se me pase el arroz me la trae al pairo, con salsa de manzana y calvados. Una recomendación por si váis: pedid ración doble de me la trae al pairo.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest

Hormiga de gimnasio

IMG_9332
En las clases grupales de gimnasio hay dos tipos de personas. Las que empiezan a calentar antes de que aparezca el profesor y las que, como hormiguitas, guardan toda su energía para cuando el punisher de turno de la clase de spinning grite con énfasis: “¡venga, más, no paréis ahora, con energía!”. Yo ni siquiera estoy en este último grupo. Ya me gustaría. A mí, cuando me piden que gire la ruedecita de la intensidad, sonrío, hago como que no he escuchado nada y sigo pedaleando. Quizá es que sea hormiga en extremo. ¿Qué pasa si me quedo sin energía (o dignidad) antes de que acabe la primera canción?

Justo en eso pensaba cuando fui a dar por inaugurada la triple rutina de B3B Woman Studio en la calle Ayala. Muchas de mis compañeras de sala estaban dando pedales desde cinco minutos antes de que llegara la profesora. Mujeres entregadas, que se dice. Yo, me senté y esperé. En tres cuartos de hora iba a cansarme de dar bici, boxeo y ballet. ¿Se creen que con la intensidad que prometían me iba a poner a calentar? Perdonen, pero sé dosificarme. Y, sobre todo, contener mis ansias atléticas.

El caso es que allí me planté, con mis leggings y mi camiseta de riguroso luto fashionista, salpimentados con el azul y fucsia de las zapatillas Pure Boost X de Adidas. Este calzado, pensado especialmente para correr, es mi último gran descubrimiento para animarme a practicar ejercicio. En realidad yo no soy una runner ni nada que se le parezca (bueno, una vez consegui cruzar a trote mi barrera psicológica de 90 segundos, pero casi me tienen que recoger los del SELUR. Desde entonces esa es mi marca personal y no me veo capaz de batirla), pero estoy fascinada con su esponjosidad. Os juro que hacer deporte con ellas es como flotar. A ver, flotar no. Pero como si la gravedad de la tierra de repente fuera la de la luna. Y te apetece saltar, correr y dar puñetazos porque todo es mucho más liviano. Perfecto para hormigas con vocación de cigarra, vaya.

Sea como fuere, en B3B comenzó a sonar Justin Bieber. Pueden llamarme mainstream, pero soy de las que piensa que no hay como un buen jitazo para pedalear agusto. Y vaya si pedaleamos. Quince minutos sin parar. Leído así, desde la comodidad de su smartphone, les parecerá pecata minuta, pero los invito a probarlo. Había que subir y bajar del sillín tantas veces que tuve que dejar de hacerlo porque me mareaba. Alguna vez he comentado en este foro que soy la Lena Dunham de cualquier gimnasio en el que tengan a bien aceptarme.

La siguiente escala fue en un ring ficticio con mi propio punching ball. Amigos, no hay estrés que se mantenga en el cuerpo después de un par de series de directos, jabs y ganchos. Resulta que con el boxeo no solo se queman calorías a cascoporro (entre cada series se hacían flexiones y otras pesadillas de gimnasio), sino que es de lo más divertido. A cada puñetazo pensaba: esto tengo que hacerlo más a menudo. Créanme, no es un pensamiento que me venga a la cabeza en una sala de gimnasio.

Y, finalmente, el placer del ballet. O lo que viene siendo la excusa perfecta para estirar bien los músculos y evitar lesiones posteriores. Cuarenta y cinco minutos despues, por fin, pude disfrutar del descanso de la hormiga aventurera (a la imagen de apertura me remito). Sin embargo, hay quien no sabe dar por terminada una clase y prefiere quedarse en la sala estirando o regresando al ring. Les diré una cosa, no solo son más papistas que el Papa, sino que por lo que pude comprobar, el sobreesfuerzo tampoco les sale tan a cuenta. Hormiguita forever.

  • Share on Facebook
  • Tweet about this on Twitter
  • Share on Google+
  • Pin on Pinterest