Pero, ¿qué hacéis en verano?

A woman in a black bikini thrashes her way across a swimming pool, circa 1930. (Photo by FPG/Hulton Archive/Getty Images)

En los meses de abril y mayo suele comenzar la popularísima Operación Biquini, una carrera contrarreloj de dieta, deporte, tratamientos anticelulíticos y autobronceadores. Todo para llegar a la playa delgado, esbelto y tan moreno que pareciese que se hubiera quedado ahí, en las mismas condiciones atmosféricas, desde el agosto anterior. Esta tradición primaveral se me antoja como el equivalente estético del Vuelva usted mañana (“Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza” arrancaba Mariano José de Larra). El cuidado corporal se va posponiendo a lo largo del ídem invierno y, al final, la motivación se presenta en el momento límite: tan solo dos semanas antes de cerrar la cremallera de las bermudas y enfundarse el bañador.

Se puede pasar el alto las múltiples fisuras que tiene esta teoría de la puesta a punto. Más profundas que la fosa de las Marianas. A pesar de todo, ahí la tienen, sorprendiendo cada año con ideas renovadas, en sus cabeceras de referencia.

Sin embargo, a mí lo que más me fascina es que un par de meses después de pegarse todo ese apuro, más o menos a finales de agosto, ya aparecen de nuevo los planes detox para recuperarse del verano.

Da la sensación de que pasar quince días a base de calditos e infusiones sirve como salvoconducto para luego descontrolarse como Britney Spears en aquel fatídico 2007 y terminar más acabados que Lindsay Lohan en el Amnesia. Visto desde fuera, el estío parece que nos sienta tan bien como el agua a los Gremlins.

Porque, digo yo, ya que nos hemos molestado en ponernos a punto… ¿qué nos cuesta dormir con una buena mascarilla hidratante en rostro y melena? ¿Y emplear factor total para evitar la aparición de manchas en la piel? ¿Y por qué no hacen unos largos para bajar el aperitivo y la cervecita de después? En fin, si quiere recuperar la figura después de sus excesos veraniegos, vuelva usted (a este blog) mañana.

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En defensa de un oxímoron: el ‘gloss’ mate

Retromatte

Lo recuerdo como si fuera ayer. Desterramos el gloss de nuestros neceseres por una cuestión meramente práctica: no teníamos ninguna necesidad de andar retirando mechones que se habían quedado pegados a la boca. Y tampoco sentíamos especial predilección por lo pegajoso del asunto. El sabor en boca, que dirían los enólogos. Demasiado sticky, añadirían los anglófilos.

Hemos pasado una feliz temporada en brazos de los labiales de acabado mate. Más que feliz. Proporcionan un color de larga duración, no se dejan llevar por las rendijas del código de barras y, muy importante, ya se les puede poner un gato delante que no van a atraer pelos como si fueran un campo magnético de la talla del que rodea al bosón de Higgs. A mí me parece, realmente, un plan sin fisuras.

Sin embargo, en este entorno cíclico que es la cosmética, las marcas han sentenciado el regreso de los glosses. Ahora bien, conscientes del rechazo que el producto genera en el público han decidido cambiarles el nombre. Ahora se los conoce como labios líquidos, tinte labial (que ofrecen un ruborsito nada más) o, jugando con la analogía de las uñas en acabado gel, lacas de labios. Incluyen más cantidad aceite (esto elimina, en parte, el pegajosismo inherente al brillo de antaño) y son capaces de crecer incluso en el territorio más hostil: el del acabado mate.

Yo, que todavía no estoy preparada para regresar a terrenos vinílicos (fui early adopter del acabado mate y, me temo, cerraré la puerta al salir), estoy especialmente atraída por estos brillos que en realidad no brillan. Sí, también soy de las que bebe Coca Cola Zero Sin Cafeína.

He de confesar que ya he probado unos cuantos (todos rojos) y la aplicación no me parece precisamente recomendada para principiantes. Encajar bien la forma de los labios realmente requiere un pulso como para robar panderetas. Pero, una vez superado este pequeño escollo (al fin y al cabo es un labial, no una cirugía a corazón abierto), el resultado se me antoja de lo más convincente. Mi favorito, sin duda, es el Terrybly Velvet Rouge en tono My Red de By Terry. Es increíblemente cubriente, el color y la fijación se defienden durante horas y no tiene nada que envidiarle a un labial en barra.

Otros que he probado, con resultados igualmente satisfactorios, son el Retro Matte Liquid Lipcolour de M·A·C (en tono Feels So Grand, que requiere, además del pulso, un poco de maña para depositar el color de manera uniforme. A la imagen de apertura me remito), el Lip Maestro Lip Stain (algún día tenemos que hablar de esos nombres tan largos que ponen en maquillaje) en tono Drama Red de Giorgio Armani Beauty (un poco más cremoso que el anterior, igual de resolutivo) y el Soft Matte Lip Cream de NYX (en tono Monte Carlo, económico y eficaz). ¿Alguien más ha caído ya en el oxímoron del gloss mate o van directos al brillo sin parangón?

 

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Los anticelulíticos son para el verano

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Retrato que me hicieron a 40 grados en Madrid tras ponerme mi drenante efecto frío.

Cuando le conté a nuestra insigne directora la historia que estoy a punto de relatar, su única respuesta fue: cú-cú. Sí, amigos. Una sintética onomatopeya le bastó para ahorrarse mencionar la urgencia de mi ingreso en la López-Ibor. Así que, el disclaimer está hecho. Si leen a partir de aquí, es bajo su propia responsabilidad. Si deciden seguir mis peregrinas prácticas, también.

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Me gustan las cremas que huelen mal

photo of back section of a skunk with lifted tailMientras gran parte del sector cosmético se deja la piel para desarrollar fórmulas ligeras y con un olor rico e impecable (al fin y al cabo, muchas veces ocurre como con los suavizantes de la ropa: la gente compra una crema por lo bien o lo mal que huele), cuando toca renovar hidratante, yo siempre me decanto por las que tienen un aroma neutro. O, directamente, malo. Me dan confianza.

Me baso en una lógica aplastante que yo misma me he inventado: ya tiene que funcionar bien esta crema para que hayan decidido dejarle este olor de mierda.  Reflexionen sobre eso. Medio planeta buscando replicar el éxito del Mimosín (volviendo a las analogías del lavado) en una hidratante para que lleguen unos iluminados y se les olvide añadir aromatizantes porque se han emocionado demasiado microencapsulando nosequé activos por primera vez en la historia. O porque van a interferir en el óptimo funcionamiento de los ingredientes y deciden prescindir de lo estético. Yo lo veo plausible.

También pienso (y esto sigue siendo parte de mi más maquiavélica cosecha) que no hay mejor forma de esconder una formulación mediocre que con un buen aroma. A las baldas de las marcas blancas en los supermercados me remito. “Nosotros nos especializamos en hacer cremas que huelen bien”, dirán algunas empresas. Yo, para eso, ya tengo una buena retahíla de perfumes. Muchas gracias.

Conozco a una persona a la que su marido le pidió por favor que dejase de usar el Tratamiento Facial Infoactivo Sensitivo de Secretos del Agua antes de ir a dormir. A mí me gusta tanto cómo me deja la piel que, si fuera ella, pensaría seriamente en plantear un cese temporal de la convivencia. Al menos uno de cada tres meses, para garantizar un correcto cuidado del rostro.

Algo parecido me ocurrió a mí con la línea personalizada de Haute Custom Beauty, una desconocida (y sorprendentemente maravillosa) firma catalana. Los aromas de los elixires nocturnos monodosis eran, a cada cual, más impredecible. Sin embargo, el resultado tras un mes de utilización continua hacía que la sorpresa olfativa mereciese la pena. Es más, si tuviese una queja no sería el olor: comentaría que la crema hidratante del kit mensual se termina dos días antes de finalizar el resto de productos. Dramas del primer mundo.

O el aceite facial de Pai Cosmetics. Me resulta increíble que un frasco tan pequeño pueda retar con tanta intensidad a la pituitaria. Y sin embargo en Laconicum ya han roto stock en varias ocasiones. Por algo será.

Tranquilas, también hay propuestas que se quedan en un término medio. Ni bien ni mal. Ni pa ti ni pa mi. como la Creme de Corps de Kiehl’s o la Dramatically Different Moisturizing Lotion de Clinique. Son, probablemente, dos de las mejores humectantes del mercado. Yo misma las empleo como tratamiento de choque después de la piscina o cuando me noto la piel especialmente seca.

Os diré una cosa: una empieza experimentando con las cremas neutras y las apestosas y al final acaba por repudiar todas las hidratantes con un aroma especialmente rico por considerarlo invasivo e innecesario. Quizá, lo mejor es que no os adentréis en este peligroso manglar del que yo ya parezco no poder escapar.

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Usted forma parte de la generación ojera

large_breakfast_at_tiffanys_blu-ray_1Cada mañana constato que quien decidió estratificar la población por edades, separando a la Generación X (alumbrados entre 1960 y 1980) de los Millennials (nacidos entre 1980 y 2000) nunca viajó con todos ellos una mañana en el Metro de Madrid. Solo así se entiende que rompieran su vínculo de cuajo cuando, salta a la vista, los unen más cosas de las que los separan. Al menos a los que viajan en los vagones de la línea 2, que conforman una muestra poblacional tan buena como cualquier otra. A simple vista, hasta un ojo poco entrenado podría testificar que todos ellos, contando con las típicas excepciones que confirman la regla, son miembros activos de la Generación Ojera.

A menos que usted padezca de sarcopenia o sus progenitores le hayan dejado en herencia unos genes propensos a la hipercromía idiopática, el motivo de sus ojeras es, simple y llanamente, que ha dormido poco. No se preocupe. No está solo. La Generación Ojera incluye una explicación al por qué de sus desvelos: se levanta al alba para llegar a tiempo a un trabajo en el que le sobra mes al final del sueldo y en el que se requiere una dedicación casi exclusiva (¿familia? ¿hijos?, ¿conciliación laboral?). Al final de la jornada, el único anhelo que le queda es arrastrarse de vuelta a casa, cenar viendo la televisión, leer un poco y echarse a dormir. No siempre es posible: hay demasiados eventos pop up, copas afterwork, cenas de trabajo y reuniones de amigos como para encerrarse en su guarida hasta el día siguiente. Un miembro de la Generación Ojera jamás descarta un plan porque tiene que irse a dormir.

Quizá se les haya pasado por alto, pero las marcas cosméticas hace años que comenzaron a capitalizar este insomnio intergeneracional como auténticas aves rapaces. Algunas, como Vitesse y su Crema Efecto 8H de sueño, lo hacen a la franca: recomiendan esconder el cansancio crónico a golpe de hidratación. Hay que tener mucha fe para creerlo. Y sin embargo, esta propuesta es la punta del iceberg de una industria que ha invertido tiempo y esfuerzo en desarrollar un exitoso arsenal de productos para gente de vida agitada. Bases de maquillaje con efectos calmantes (“refresca la piel estresada”, rezaba un anuncio de Avon), antiojeras con activos reparadores, cremas nocturnas que regeneran los circuitos naturales de la piel (¿ein?) y mis favoritos, las ampollas de efecto flash. Prometen resultados instantáneos: revitalizan, hidratan, iluminan y desintoxican la piel. El auténtico sueño americano condensado en viales monodosis de 2ML.

Como buenos hijos del capitalismo de mercado, a la Generación Ojera le han enseñado que los signos visibles de la fatiga se pueden borrar con cremas de color y tratar, a largo plazo, con concentrados cargados de cafeína. Es más, cuando la recomendación consiste en dormir ocho horas y beber dos litros de agua al día, estallan en risas. ¿Esos no son los típicos consejos que dan las supermodelos cuando no tienen nada mejor que decir? ¿Alguien hace caso a eso? Y así nos va. Todos juntos, agotados, ojerosos y de camino al trabajo en la línea 2 del Metro de Madrid. Próxima estación: Retiro.

 

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De cómo anoche me colé en el anuncio de Pavofrío

deliciosacalmaAnoche estuve cenando en el Deliciosa Calma, el restaurante al que acude un buen puñado mujeres al borde de un ataque de nervios en el ultimísimo y viralísimo anuncio de Pavofrío. Y no se come mal. El caso es que cuando llegué, invitada por un buen amigo, ni había oído hablar de la campaña publicitaria, ni sabía de qué iba el asunto ni, por supuesto, imaginé que parte de mi menú consistiría en jamón de pavo envasado. Cero. Rien. Nada. Una carrera periodística tirada a la basura por estar pensando en las musarañas. Lo único que mi cerebro retuvo es que el menú lo elaboraría Susi Díaz, propietaria y responsable de cocina de La Finca, en Elche, con una estrella Michelin. Es-tre-lla Mi-che-lin. Desde ese momento mi bulbo raquídeo comenzó a enviar mensajes al estómago y ya no hubo vuelta atrás.

Total, que ya en la misma puerta del local (un espacio efímero en la madrileña calle Ponzano al que se puede acceder en determinadas fechas por invitación tras un sorteo) me enteré de toda la polémica que ha rodeado esta campaña. Es ineludible explicar que apela directamente a las mujeres. Al estrés diario. A la conciliación. A lo que la sociedad espera de ellas. Sin embargo, por el modo de hacerlo (o por simplemente hacerlo) muchas de las potenciales clientas han acabado amohinándose y sintiéndose incómodas ante los estereotipos. Para otras tantas la ficción televisiva no ha superado la categoría de anécdota graciosa.

gimnasio

De primer plato: No he ido al gimnasio porque no me ha dado la gana y ya con pavo y aceite de macadamia.

Sea como fuere, a mí el menú me encantó. Cuajadito de flores y detalles que hacen que olvides que las lonchas de pavo patrocinaban la vaina. Afortunadamente no la eclipsaron en busca de su minuto de gloria. Se integraron orgánicamente. Y eso es de agradecer. Cuando la chef se acercó a saludar al respetable (women only, como rezaba la invitación) comentó que solo había incluido el fiambre en cuatro de los ocho platos que se daban a elegir y que todo el menú era novedad. Así que, mamá, no te preocupes, cené más que un poco de jamón york. En la elaboración, incluyó ingredientes recomendados por un estudio reciente de la universidad de Berkeley (EEUU) para reducir el estrés. Son fantásticos esos estudios, lo mismo te dicen que un poquito de estrés te viene bien que buscan la manera de que te lo quites a cucharazos.

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Aquí el menú completo, con premio al creativo (o la creativa) que elaboró cada uno de los nombres de los platos.

Cuando vi el anuncio esta mañana me di cuenta de que había cenado en el propio spot sin saberlo. Mismo menú, mismo espíritu, misma presencia sutil (y no invasiva) del material promocionado… Lo único que cambiaron fue a María Barranco, Rossy de Palma y Carmen Maura por Chenoa, Ruth Lorenzo y Anne Igartiburu. No se puede ser perfecto. Los platos tenían títulos tan sugerentes como No he ido al gimnasio porque no me ha dado la gana y ya con pavo y aceite de macadamia, Sigo sin pareja estable y me la resbala sobre láminas de pavo y rábano al perfume de trufa o A mí que se me pase el arroz me la trae al pairo, con salsa de manzana y calvados. Una recomendación por si váis: pedid ración doble de me la trae al pairo.

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Hormiga de gimnasio

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En las clases grupales de gimnasio hay dos tipos de personas. Las que empiezan a calentar antes de que aparezca el profesor y las que, como hormiguitas, guardan toda su energía para cuando el punisher de turno de la clase de spinning grite con énfasis: “¡venga, más, no paréis ahora, con energía!”. Yo ni siquiera estoy en este último grupo. Ya me gustaría. A mí, cuando me piden que gire la ruedecita de la intensidad, sonrío, hago como que no he escuchado nada y sigo pedaleando. Quizá es que sea hormiga en extremo. ¿Qué pasa si me quedo sin energía (o dignidad) antes de que acabe la primera canción?

Justo en eso pensaba cuando fui a dar por inaugurada la triple rutina de B3B Woman Studio en la calle Ayala. Muchas de mis compañeras de sala estaban dando pedales desde cinco minutos antes de que llegara la profesora. Mujeres entregadas, que se dice. Yo, me senté y esperé. En tres cuartos de hora iba a cansarme de dar bici, boxeo y ballet. ¿Se creen que con la intensidad que prometían me iba a poner a calentar? Perdonen, pero sé dosificarme. Y, sobre todo, contener mis ansias atléticas.

El caso es que allí me planté, con mis leggings y mi camiseta de riguroso luto fashionista, salpimentados con el azul y fucsia de las zapatillas Pure Boost X de Adidas. Este calzado, pensado especialmente para correr, es mi último gran descubrimiento para animarme a practicar ejercicio. En realidad yo no soy una runner ni nada que se le parezca (bueno, una vez consegui cruzar a trote mi barrera psicológica de 90 segundos, pero casi me tienen que recoger los del SELUR. Desde entonces esa es mi marca personal y no me veo capaz de batirla), pero estoy fascinada con su esponjosidad. Os juro que hacer deporte con ellas es como flotar. A ver, flotar no. Pero como si la gravedad de la tierra de repente fuera la de la luna. Y te apetece saltar, correr y dar puñetazos porque todo es mucho más liviano. Perfecto para hormigas con vocación de cigarra, vaya.

Sea como fuere, en B3B comenzó a sonar Justin Bieber. Pueden llamarme mainstream, pero soy de las que piensa que no hay como un buen jitazo para pedalear agusto. Y vaya si pedaleamos. Quince minutos sin parar. Leído así, desde la comodidad de su smartphone, les parecerá pecata minuta, pero los invito a probarlo. Había que subir y bajar del sillín tantas veces que tuve que dejar de hacerlo porque me mareaba. Alguna vez he comentado en este foro que soy la Lena Dunham de cualquier gimnasio en el que tengan a bien aceptarme.

La siguiente escala fue en un ring ficticio con mi propio punching ball. Amigos, no hay estrés que se mantenga en el cuerpo después de un par de series de directos, jabs y ganchos. Resulta que con el boxeo no solo se queman calorías a cascoporro (entre cada series se hacían flexiones y otras pesadillas de gimnasio), sino que es de lo más divertido. A cada puñetazo pensaba: esto tengo que hacerlo más a menudo. Créanme, no es un pensamiento que me venga a la cabeza en una sala de gimnasio.

Y, finalmente, el placer del ballet. O lo que viene siendo la excusa perfecta para estirar bien los músculos y evitar lesiones posteriores. Cuarenta y cinco minutos despues, por fin, pude disfrutar del descanso de la hormiga aventurera (a la imagen de apertura me remito). Sin embargo, hay quien no sabe dar por terminada una clase y prefiere quedarse en la sala estirando o regresando al ring. Les diré una cosa, no solo son más papistas que el Papa, sino que por lo que pude comprobar, el sobreesfuerzo tampoco les sale tan a cuenta. Hormiguita forever.

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Así se hace una producción de belleza

BELLEZAMARZOLa sección de belleza de nuestra edición impresa se abre cada mes con un reportaje editorial en el que se resumen las últimas tendencias en piel, maquillaje o cabello. Son alrededor de seis fotografías que se realizan en una jornada laboral. Su preparación, sin embargo, puede requerir meses. Créanme, no es fácil convencer a Peter Philips, director creativo de imagen y maquillaje de Dior, para que haga un hueco en su apretada agenda, saque brocha y pincel y entregue seis looks solo para ti.

El pasado diciembre llamamos a la puerta de M·A·C Cosmetics porque queríamos que el fantástico Baltasar G. Pinel (todos los elogios son pocos para su talento profesional y magnetismo personal), uno de sus ocho directores creativos globales, interpretara para nosotros las tendencias de esta primavera. Una vez bloqueado el día en su trepidante agenda (en serio, no se imaginan lo que viaja este chico), comenzamos a trabajar la idea creativa: en la revista buscábamos, reitero, una visión experta de las tendencias de maquillaje; él nos propuso un panel de inspiración con tintes historicistas y plagado de gorgueras. A partir de ahí comenzamos a aunar posiciones conscientes de que el día del shooting todo podía cambiar con la influencia del fotógrafo, la estilista, el rostro al natural de la modelo, la peluquera…

Y vaya si cambió. La luz oscurantista acabó siendo de un precioso y sutil ocre, y el cuello infinito de Olga Sherer incitaba a cambiar las gorgueras por unos increíbles joyones que realzaban el maquillaje y los efectos perlados de la piel con que Pinel constataba que el nácar se ha impregnado en todas las áreas de la cosmética. Las tendencias de primavera, ¿saben qué?, acabaron por convertirse en una oda al colorete de una manera tan orgánica que no nos dimos cuenta hasta que tuvimos la selección de imágenes. Éste es el resultado final.

Una vez Laura Ponte me hablaba de cómo los días de sesiones de fotos se formaban nuevas, extrañas y efímeras familias. Y añadía lo chulo que sería poder extrapolar esa experiencia a otros ámbitos de la vida sin que pareciese una locura. Su impresión es muy cierta. Imagínese pasar un día completo recluido en una sala con una decena de personas. Yo lo he vivido y les prometo (no exagero) que al final de la jornada puede saber incluso el tipo de pienso que toma el perro del asistente del asistente del asistente.

MAC1Baltasar G. Pinel retocando (con cantidades sobrehumanas de bronceador) el rostro de Olga Sherer entre foto y foto. Así echamos el día.

Es como un Gran Hermano en chiquitito y organizado. Primero va el maquillaje, luego la peluquería, luego la manicura (el orden de estos tres factores no suele alterar el producto), se elige el estilismo (ahí sí que interviene hasta guisante número tres para dar la opinión) y se hace la foto. Mientras, el resto de profesionales suele agolparse frente a la pantalla del operador digital para ver cómo van cayendo las instantáneas y hacer sugerencias o corregir algo de su trabajo. A veces se van a fumar. O a almorzar. Otras están, paleta de sombras en mano, esperando cualquier receso para corregir imperfecciones. El proceso se repite tantas veces como número de imágenes se hayan programado. Aviso para navegantes: siempre se demora más en la primera, por eso de que hay que calentar y unificar motores.

Resulta inspirador y refrescante participar en una sesión fotografía como la que entregamos este mes de marzo en las páginas de Harper’s Bazaar, realizada en Madrid el pasado 8 de enero. Una de las mayores lecciones que uno se lleva de estos shootings es que, a veces, el éxito consiste en dejar la sesión fluir para que todos los talentos tengan su propia voz.

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¿Me han dado un buen masaje?

PhoebeFriends

Una vez convertida en una hoarder de experiencias cosméticas, hay preguntas que se suceden de manera sospechosamente recurrente. La de la hidratante antiedad es, quizá, la más popular. Pero, de vez en cuando, alguna despistada me pide consejo sobre centros en los que darse un buen masaje. Pero, ¿qué demonios es un buen masaje? He aquí siete requisitos que, en mi opinión de hoarder, permiten a cualquier ritual facial o corporal pasar a calificarse como cinco estrellas gran lujo. Y no, no tienen que ver con el precio.

Las manillas del reloj desaparecen. Recuerdo un tratamiento de 90 minutos en el spa de La Mer en Nueva York que pedí si se podía sintetizar en 60 (porque tenía una agenda plagada de citas aquel día). Afortunadamente no fue posible. Envié los emails necesarios para retrasar los encuentros posteriores, y me dejé llevar. Os juro que durante el tratamiento mi cerebro solo registró el paso de cinco minutos. De puro placer, eso sí.

El silencio de los corderos. Puede parecer una tontería, pero el cómo te sientes después de un tratamiento estético puede verse influenciado por lo mucho o poco que cotorree la terapista durante el mismo. Lo ideal es que la interacción verbal se produzca antes o después. Nunca durante.

Siguen un nuevo camino para llegar al mismo destino. Valgan como ejemplos el masaje drenante de Slow Life House (que se realiza en un tanque de flotación y es igual de efectivo que los tradicionales en camilla) y el ritual de cañas de bambú de Samaya Moments en el que la reafirmación corporal se realiza con el alimento básico de los osos panda.

Cuestión de hidratación. Uno de los peros más comunes que encuentro a muchos tratamientos es que, después de recibirlos, siento la necesidad de darme una ducha porque me noto sobrenutrida. Que no os engañen: no es necesario salir resbalando. Me viene a la mente la higiene de Cristina Galmiche como ejemplo perfecto de cómo se puede terminar una limpieza con un rostro fresco, lozano y seborregulado.rachelfriends

La narcolepsia es una opción. Uno de los momentos más ridículos de mi vida fue cuando me quedé traspuesta en un facial exprés del Essenza by Sha de la T4-S. Me despertó mi propio ronquido. No era la primera vez que me pasaba, pero jamás me había ocurrido en un tratamiento cuya duración no excedía los quince minutos.

La vida es diferente. Si al salir a la calle tan solo te faltan los pajaritos que te coloquen la bata como en las películas de Disney… es que has encontrado tu lugar en el mundo. Llévate una tarjeta de visita y llama cada vez que necesites un chute de dibujos animados.

Ding Dong, el masaje llama. Vienen a casa, montan la camilla, preparan unas velitas… y a disfrutar. Nada más que añadir, su señoría.

 

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De dónde vienen (y a dónde van) las horquillas

HairpinGetty

Las horquillas, como las goma del pelo, son el típico accesorio capilar que se compra a granel. Sin embargo, en un momento de necesidad, tan solo encontrarás un mísero par en el neceser. ¿Dónde se esconden las 998 restantes? Pregúntaselo a Murphy. Eso sí que es un reto digno de Cuarto Milenio y no las psicofonías del palacio de Linares.

Yo, que tengo la melena corta, aún me acuerdo de cómo invertía hasta media hora buscándolas por todo el baño hasta que encontraba una… ¡para rubias! En mi casa jamás hubo una mujer rubia, ¿cómo había llegado ahí? Hay misteriosos asesinatos en las novelas de Agatha Christie que han tardado menos en resolverse que estas cuitas con horquillas.

Por no hablar de cuando son los peluqueros quienes se encargan de hacerle a una el recogido. Las clavan con tal fruición que, para cuando te quieres dar cuenta, ya tienes la cabeza como el malo de Hellraiser. Luego, pasadas las horas, llega el momento de quitarlas en casa. Hay aproximadamente tres mil horquillas invisibles más de las que imaginabas que cabían en tu melena. Ahora sí que parece imposible que se vuelvan a agotar, ¿verdad?

Te voy a dar un consejo: guarda a buen recaudo esa horquilla despistada que aparece la mañana siguiente aún enganchada a algún mechón. Es la única que encontrarás cuando vuelvas a necesitarlas. Y ojalá que no sea para rubias.

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